Vacunación en adultos

Autor: Laura Marcos Revisión médica: Dr. Tomás Rodelgo (20 de Noviembre de 2016)

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La vacunación es importante a lo largo de toda la vida no sólo para prevenir que se produzcan enfermedades infecciosas en el organismo, sino también para ayudar a que no se propaguen. Según el Grupo de Neumoexpertos en Prevención, cada año la vacunación evita de 2 a 3 millones de muertes en el mundo. Aún así, todavía existen casi 19 millones de personas que no tienen acceso a las vacunas. En Europa, se detectan aún 30 mil casos de sarampión y rubeola, y sólo en España se contabilizan más de mil muertes al año por gripe común.

Las vacunas son uno de los mayores logros de la medicina moderna. Gracias a ellas, se pueden prevenir fácilmente enfermedades infecciosas que, de otro modo, causarían la muerte de millones de personas, debido a que provocan un efecto de inmunización en el organismo ante determinados patógenos.

No obstante, la tasa de vacunación adulta es baja en España (25%), frente a la alta cobertura de la vacunación infantil (98%). Esto se debe a que la mayoría de los adultos de entre 14 y 65 años están sanos, y consideran de poca importancia las consecuencias de una enfermedad infecciosa. La población adulta puede creer que está protegida frente a las enfermedades infecciosas porque ya se vacunaron de pequeños. Pero lo cierto es que el efecto de algunas vacunas se termina eliminando, y se necesita administrar algunas dosis de recuerdo.

Aunque la población adulta en su totalidad debería prestar atención a la vacunación, es especialmente importante incidir en las personas que tienen más riesgo de sufrir complicaciones por el contagio de enfermedades infecciosas. Éstas son, principalmente, las personas que padecen una enfermedad crónica, como la diabetes, enfermedades cardiovasculares, renales, hepáticas y de pulmón; las personas con el sistema inmune deprimido (como por una infección por VIH) y las personas mayores de 65 años.

Además, existen algunos grupos de adultos que están más expuestos a determinadas enfermedades infecciosas. Es el caso de las personas que trabajan en hospitales, geriátricos o centros escolares. Los adultos sanos que no estén protegidos frente a una enfermedad infecciosa podrían contagiarla a otras personas vulnerables de su entorno, que sí podrían desarrollar graves complicaciones.

¿Qué son las vacunas?

Las vacunas son preparados antigénicos (virus o bacterias) capaces de provocar una reacción controlada, similar a la de la infección natural, sin riesgo para el sujeto. Esta respuesta genera una protección duradera ante la enfermedad que produce determinado antígeno, gracias a la memoria inmunológica. Es decir, cada vez que el antígeno de la vacuna vuelva a aparecer en el cuerpo, el sistema inmune sabrá cómo defenderse de él y eliminar los antígenos antes de que se desarrolle la enfermedad.

Esta respuesta del sistema inmunitario se llama anticuerpo, y el antígeno es capaz de estimular al sistema inmune para que produzcan anticuerpos específicos para cada tipo de antígeno.

Los antígenos de las vacunas no son suficientes para provocar la enfermedad, pero sí para generar una respuesta inmune en el cuerpo. El motivo es que los antígenos se administran de manera controlada:

  • Virus: suelen administrarse muertos, por lo que no pueden provocar la enfermedad en el organismo (varicela, fiebre amarilla, rubeola, paperas y sarampión). Sin embargo, su presencia es suficiente para generar respuesta inmune.
  • Bacterias: pueden administrarse muertas (cólera, fiebre tifoidea) o atenuadas, es decir, vivas pero inactivadas (difteria, tosferina, meningococo, neumococo). Las vacunas de bacterias atenuadas presentan una mejor respuesta celular, requieren menos dosis y la respuesta de protección del cuerpo es duradera.