Piel en invierno

Autor: Redacción Onmeda (18 de Diciembre de 2017)

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El invierno es la estación del año que trae consigo el frío, las heladas, la nieve y el viento. Los cambios de temperatura son muy frecuentes porque se pasa del frio al calor varias veces al día. Esto ocurre porque existe mucho contraste de temperatura entre el frío del exterior y el calor seco del interior de las casas. Estos cambios de temperatura afectan a la piel.

La auto protección de la piel disminuye significativamente durante los meses de invierno. Y es que, debido al ambiente seco que se forma en los espacios con calefacción, la piel se reseca y necesita hidratación. Principalmente en las capas más superficiales. El aire frío del invierno influye en la hidratación de la piel. El aire seco y con poca humedad ataca a la piel.

El frío del invierno hace que los vasos sanguíneos bajo la piel se contraigan para mantener el calor en el interior. La circulación sanguínea en la piel se reduce y, por tanto, ésta recibe menos oxígeno y nutrientes. La epidermis está prácticamente indefensa ante el frío, el viento, la sequedad, los rayos UV y los contaminantes a los que se expone. Las consecuencias pueden ser, entre otras, la sensación de tirantez, la descamación y el prurito. La piel se vuelve pálida, frágil y se agrieta.

Aunque la capa protectora natural de la piel es más fina en invierno, con los cuidados necesarios también se puede disfrutar de una piel radiante, suave y flexible en esta época del año. No se trata sólo de utilizar unos productos adecuados para su cuidado. El uso de guantes y bufanda, así como seguir algunas reglas en la higiene personal también ayudan a proteger del frío el órgano más grande del cuerpo. Igual de importante es cuidar la piel desde el interior con una dieta sana, practicando ejercicio y estando relajado.

Las numerosas glándulas sebáceas de la piel producen una película de grasa natural que, por lo general, protege a la piel de las influencias externas.

La producción seborreica determina si la piel es grasa, seca o normal; regula la pérdida de agua y, por tanto, evita que la piel se reseque. Si las temperaturas caen por debajo de los ocho grados centígrados, la producción de grasa disminuye y la película protectora natural de la piel se vuelve más fina. Cuanto más frío hace en el exterior, menos grasa segregan las glándulas sebáceas, con frío extremo incluso pueden suspender su producción.

Para llevar a cabo su función protectora contra las influencias externas, la grasa se debe propagar por toda la superficie de la piel (difusión). Con un aire cálido y húmedo la grasa se difunde más rápidamente que con el frío. Por lo tanto, la piel se seca en invierno más rápido que en el verano. El frío extremo puede hacer que la producción de grasa se detenga por completo. La falta de una película de grasa causa una rápida evaporación de la humedad en la superficie de la piel. Este proceso se ve reforzado por el aire seco de las calefacciones y la baja humedad que hay en el exterior. La piel, seca y sensible, se vuelve áspera, pálida y se agrieta.

La piel de muchas personas se vuelve tirante y se descama en invierno. Si se pasa del frío invernal del exterior al calor de un ambiente con calefacción, es posible que, debido a la baja humedad y la resultante deshidratación de la piel, se tenga picazón. Este picor recibe el nombre de comezón de invierno (hiemalis prurito).

En general, el flujo sanguíneo de la piel es menor debido al frío. La capa superior de la piel se renueva muy lentamente y los mecanismos de recuperación trabajan restringidamente. Debido a ello, la piel es más susceptible a influencias externas, tales como hongos, bacterias y contaminantes.

El humo de tabaco, el alcohol y la radiación UV pueden dañar la piel, tanto en verano como en invierno. El alcohol y la nicotina obstaculizan el aprovisionamiento de oxígeno y nutrientes y reducen la capacidad de regeneración de la piel. Una radiación UV excesiva debilita el sistema inmunitario, promueve la formación de arrugas y aumenta el riesgo de desarrollar cáncer de piel.

Durante la temporada de frío, es especialmente importante proteger la piel de la deshidratación y de las grandes diferencias de temperatura.

La película de grasa fina o inexistente en la superficie de la piel, se debe reemplazar con los cuidados apropiados.

Cuando la temperatura baja de los ocho grados centígrados, se recomienda cambiar a una crema grasa. Las más efectivas son las cremas grasas con una base de agua en aceite, los aceites cosméticos para la piel o las cremas que contienen lípidos con una base de aceite en agua. En cualquier caso, es importante personalizar el cuidado según el tipo de piel. Las personas propensas a la piel seca se deberán echar crema varias veces al día, si es necesario.

Se precisa un cuidado especial al limpiar la piel. Los tónicos con alcohol, los peelings o los cepillos para exfoliar no son adecuados para el invierno. Para no eliminar nada de hidratación, ni de grasa de la piel, son recomendables las leches limpiadoras suaves. Las duchas o baños largos y calientes eliminan aún más hidratación a la piel. Los aceites de ducha rehidratantes contrarrestan la pérdida de humedad ya que proporcionan a la piel una película protectora de grasa. En invierno, se debe echar una loción hidratante por todo el cuerpo después de las duchas o los baños. Si la piel pica, los ungüentos con tanino, un polifenol soluble en agua, o urea pueden proporcionar alivio.

Los paseos al aire libre tienen un efecto positivo en la piel, siempre que ésta se haya cuidado adecuadamente para el frío y el viento. Andar cuando hace frío promueve la circulación y nutre la piel con oxígeno. Los ejercicios aeróbicos, como correr, y las duchas escocesas mejoran la circulación de sangre en la piel.

Además, la ventilación regular y los humidificadores de aire en habitaciones con calefacción pueden proporcionar suficiente humedad para contrarrestar la deshidratación de la piel.

Cuidados de la piel en invierno

Durante la temporada de frío, es especialmente importante proteger la piel de la deshidratación y de las grandes diferencias de temperatura. La película de grasa fina o inexistente en la superficie de la piel, se debe reemplazar con los cuidados apropiados.

Cuando la temperatura baja de los ocho grados centígrados, se recomienda cambiar a una crema grasa. Las más efectivas son las cremas grasas con una base de agua en aceite, los aceites cosméticos para la piel o las cremas que contienen lípidos con una base de aceite en agua. En cualquier caso, es importante personalizar el cuidado según el tipo de piel. Las personas propensas a la piel seca se deberán echar crema varias veces al día, si es necesario.

Se precisa un cuidado especial al limpiar la piel. Los tónicos con alcohol, los peelings o los cepillos para exfoliar no son adecuados para el invierno. Para no eliminar nada de hidratación, ni de grasa de la piel, son recomendables las leches limpiadoras suaves. Las duchas o baños largos y calientes eliminan aún más hidratación a la piel. Los aceites de ducha rehidratantes contrarrestan la pérdida de humedad ya que proporcionan a la piel una película protectora de grasa. En invierno, se debe echar una loción hidratante por todo el cuerpo después de las duchas o los baños. Si la piel pica, los ungüentos con tanino, un polifenol soluble en agua, o urea pueden proporcionar alivio.

Los paseos al aire libre tienen un efecto positivo en la piel, siempre que ésta se haya cuidado adecuadamente para el frío y el viento. Andar cuando hace frío promueve la circulación y nutre la piel con oxígeno. Los ejercicios aeróbicos, como correr, y las duchas escocesas mejoran la circulación de sangre en la piel.

Además, la ventilación regular y los humidificadores de aire en habitaciones con calefacción pueden proporcionar suficiente humedad para contrarrestar la deshidratación de la piel.

El cuidado de la piel desde el interior también es muy importante, especialmente en invierno. La piel misma se compone parcialmente de agua. Ingerir 1,5 litros de líquido diarios en forma de agua o infusiones de frutas o de hierbas ayuda a hidratar la piel desde dentro. Además, los líquidos sirven para eliminar contaminantes y otros productos innecesarios.

Con una alimentación saludable echas una mano a la piel en periodos de frío. Las frutas y verduras frescas son el mejor proveedor de vitaminas, oligoelementos e hidratación. La vitamina C, sobre todo, protege a la piel de los agresores ambientales. También los productos lácteos, los integrales y el pescado ayudan a la piel con valiosos nutrientes.

El ejercicio suele ser demasiado escaso en invierno. Si se hace deporte regularmente, también mejora el estado de la piel ya que aumenta la circulación sanguínea.

Cuidados de la cara, los labios y las manos en invierno

Las zonas de piel más afectadas por el frío son las que no suelen estar protegidas por la ropa, como la cara, los labios y las manos. En invierno, se le debe proporcionar a la cara una hidratación suficiente y suministrar la película protectora de grasa con una crema facial grasa. Sobre todo la piel seca necesita en invierno más grasa e hidratación que en verano. En este caso son adecuados los aceites para la piel que forman una película protectora y guardan, de esta forma, la hidratación.

En invierno circula menos sangre por los pies, las orejas, la nariz y las manos. Lavarse las manos frecuentemente con agua y jabón elimina los aceites de la piel y, en consecuencia, también la hidratación. Cuando llegan las temperturas invernales, se dan rápidamente enrojecimientos y las manos se pueden agrietar. Debido a las pequeñas grietas de la piel aumenta el riesgo de inflamación. Una crema de manos grasa puede proteger del enrojecimiento y la sequedad. Pero la mejor protección contra el frío la proporcionan los guantes. Se debe evitar el agua caliente y un lavado demasiado prolongado, ya que puede resecar más las manos. Los productos suaves sin jabón previenen una excesiva deshidratación. Finalmente se deben enjuagar las manos con agua fría, que cierra los poros, y aplicar una crema teniendo en cuenta también las cutículas y las uñas. Cuando las manos están ásperas y agrietadas, los productos de cuidado que contengan urea pueden ayudar.

Los labios son particularmente sensibles al viento y al frío. No tienen glándulas sebáceas ni sudoríparas propias y, por lo tanto, no pueden producir suficiente hidratación ni una película protectora de grasa. La piel de los labios es muy fina y no cuenta con una gruesa capa córnea para protegerla. Los labios se vuelven rápidamente frágiles y sensibles a la radiación UV, que es especialmente peligrosa para la piel en invierno. Esto se remedia con un bálsamo o cacao labial con protección solar, que proporcione a los labios una capa protectora de grasa y, además, ayude a hidratarlos. Se requiere un cuidado especial durante la práctica de deportes de invierno, o durante las estancias en la montaña. Es muy importante proteger la piel suficientemente de los rayos de sol.

En situaciones de frío extremo, como durante la práctica de deportes de invierno, es recomendable proteger los labios, la nariz y las orejas con una crema especial para el frío. Es importante retirarla cuando se entre en lugares con calefacción, o las zonas de piel donde se haya aplicado la crema pueden calentarse demasiado.

Fuentes:

Onmeda internacional