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Miedo

Autor: Laura Marcos Revisión médica: Dr. Tomás Rodelgo (28 de Octubre de 2016)

© iStock

El miedo acompaña al ser humano desde la antigüedad. Es una de las emociones más reconocibles y, a su vez, más difíciles de dominar. ¿Qué es el miedo y cómo se afronta?

Como casi todas las emociones humanas, el miedo tiene una función biológica. Desencadena una serie de reacciones en el cuerpo que nos preparan para protegernos, enfrentarnos o huir de una posible amenaza. Pero, además de aparecer en situaciones en las que la integridad física corre peligro, el miedo acompaña a las personas en su día a día, creando incomodidad y malestar físico y psicológico.

Continuamente las personas experimentan miedos no justificados: pánico a situaciones que todavía no han sucedido (miedo a la muerte, a un ataque, a una enfermedad); que son extremadamente improbables (miedo a morir aplastado o a que nos caiga un rayo); que no ponen en peligro la vida (miedo a la oscuridad o a determinados animales) o que son, incluso, imaginarias (miedo a los fantasmas o a criaturas fantásticas).

Contrariamente a lo que piensan muchas personas, el cerebro humano no es completamente racional. La mayoría de las decisiones que toman las personas a diario están basadas en emociones e instintos, heredados de los humanos antiguos. En concreto, el sistema límbico es el que regula las emociones como el miedo, la ira o el placer, y también los instintos, como el sexual. Él es el responsable de que se desencadenen en el cuerpo una serie de reacciones, imposibles de controlar por el individuo.

El miedo se explica por el instinto de supervivencia, que poseen todos los animales. Dado que los humanos también lo somos, la naturaleza del cuerpo desencadenará toda clase de mecanismos que aseguren el éxito del individuo, para lograr reproducirse y perpetuar así sus genes y la especie.

¿Cuál es el mecanismo del miedo?

Ante la sospecha o proximidad de una amenaza para la integridad, el sistema límbico se pone en marcha. Los sentidos (vista, oído, olfato) trasmiten a la amígdala cerebral una determinada información. Ésta la interpreta como peligrosa, y envía señales eléctricas a través del sistema nervioso autónomo. Se segrega noradrenalina, que agudiza la percepción y aumenta la capacidad de memoria inmediata. El hipotálamo le ordena a la glándula pituitaria que segregue hormonas “de emergencia” y las glándulas suprarrenales segregan adrenalina en la sangre. Como consecuencia, el corazón late más deprisa, la respiración se acelera, se dilatan las pupilas, y se inhiben otras funciones no necesarias en ese momento, como la digestión. El objetivo de estas reacciones es preparar al cuerpo para un ataque o huida inminentes. 

Este mecanismo se produce al margen de la voluntad del individuo en apenas unos segundos. El sistema autónomo, el mismo que regula funciones inconscientes del cuerpo, como la respiración, tiene prioridad sobre el sistema nervioso central. Esa es la razón por la que el miedo es muy difícil o, a veces, imposible de controlar de forma racional. 

Reacción al miedo

Cuando sentimos miedo, el cuerpo se prepara para la lucha o la huida. La sangre fluye más rápido y en mayor cantidad hacia los músculos de las extremidades, causando las siguientes reacciones:

  • Aumento de presión sanguínea (hipertensión arterial)
  • Aumento de la frecuencia cardiaca (taquicardia)
  • Respiración agitada.
  • Dilatación de las pupilas.
  • Palidez del rostro, dado que la sangre cargada de adrenalina fluye por las extremidades.
  • Boca seca ante el cese de la digestión.
  • Sudor, que sirve para refrigerar el cuerpo ante el esfuerzo que se espera (huida o lucha).

En una situación traumática o de pánico muy intenso, el sistema nervioso sufre un colapso. Ante esta sobrecarga, es posible que otras funciones del sistema nervioso se minimicen, o incluso se vean paralizadas. 

  • Visión de túnel o ceguera parcial.
  • Sordera parcial.
  • Paralización del cuerpo, probablemente por un instinto de tratar de pasar desapercibido ante el peligro.
  • Alteraciones de la percepción (el tiempo se percibe más lento).

Los supervivientes de ataques, accidentes de tráfico, catástrofes naturales… afirmaron sentirse paralizados, e incluso que sus sentidos fallaban momentáneamente.