Diabetes infantil: Fases de adaptación en la diabetes infantil

Autor: Terry Gragera (12 de Febrero de 2016)

El diagnóstico de la diabetes supone un duro revés para los niños afectados y para sus familias, pues una enfermedad crónica como esta exige realizar numerosos cambios y ajustes en el día a día, como la toma de medicamentos, modificaciones en el estilo de vida, en la alimentaciónAdemás, desde el punto de vista emocional, hay que aceptar que se está ante una patología que no tiene curación por el momento.

En el proceso de afrontamiento de la enfermedad, especialmente cuando se trata de diabetes tipo 1, tras su debut repentino, se pasa por distintas etapas:

  • Negación. El niño y los padres pueden pensar en un primer momento que el diagnóstico está equivocado y que, en su caso, la diabetes sí tendrá curación. El peligro de esta fase es que se produzca una tardía adherencia al tratamiento.
  • Rebeldía. El afectado y sus padres muestran enfado hacia la situación: “¿Por qué a mí?, mi hijo no se merece esto, o culpabilidad: “¿Qué hemos hecho mal?. O bien trasladan la responsabilidad a otras personas: Lo ha heredado de tu familia.
  • Negociación. En una fase posterior, el niño puede aceptar que tiene diabetes, pero intenta establecer una negociación acerca de cómo se enfrentará a ella: No voy a ponerme insulina.
  • Miedo y ansiedad. Durante todo el proceso, surge el miedo a no volver a ser el de antes, a que la enfermedad condicione decisivamente el futuro, y también aparece ansiedad ante las posibles complicaciones de salud que puede llevar aparejadas una diabetes mal controlada.
  • Adaptación. Finalmente, la enfermedad acaba aceptándose y el niño se adapta a ella, incluso reconociéndole algún aspecto positivo: Así voy a estar siempre con un peso estupendo. No obstante, es posible que en etapas posteriores de la vida surjan conflictos de nuevo.

El momento psicológico más delicado es cuando debuta la enfermedad. Se ha comprobado que si el paciente se encuentra bien emocionalmente, el control y la posterior evolución de la diabetes son mucho más satisfactorios.

En ocasiones, para aceptar que se tiene una enfermedad crónica como la diabetes es necesario acudir a un psicólogo. Aunque los expertos lo ven muy recomendable, en España tan solo un 94% de los diabéticos recibe atención psicológica. Esta asistencia especializada puede ser particularmente importante cuando la fase de negación se prolonga demasiado y el niño no se cuida como debería. Es probable que los niños no tengan conciencia de los riesgos que conlleva saltarse los autocuidados que exige la diabetes, por eso el tratamiento de la enfermedad debe abordarse desde distintos frentes, con un médico, un enfermero especializado y un psicólogo o un educador, que también puede actuar con los padres.

Dado que los factores emocionales pueden afectar a los niveles de azúcar, es conveniente que el paciente se encuentre bien desde el punto de vista emocional, para lo que también resulta muy útil, especialmente en el caso de niños, acudir a asociaciones de pacientes, donde van a encontrarse con otros menores que están pasando por su misma situación.

El impacto emocional del diagnóstico de diabetes en cada etapa infantil

El diagnóstico de diabetes en la etapa infantil tiene ciertas peculiaridades dependiendo de la edad del niño:

Menores de cuatro años: Los niños menores de cuatro años no son capaces de entender lo que significa el diagnóstico de una enfermedad crónica como la diabetes. Aunque el control de la misma va a recaer exclusivamente en sus padres, el niño sí percibe que hay cambios en su entorno y es muy probable que note las distintas fases emocionales por las que pasan sus padres.  En este momento de su vida, lo que más preocupa al pequeño son las sensaciones dolorosas que experimenta cada vez que le inyectan insulina o que se somete a un control en el hospital. Puede llegar a creer que se trata de un castigo por algo que ha hecho mal; por ello es muy importante dejarle claro que todos esos procedimientos incómodos no tienen nada que ver con su comportamiento.

De los cuatro a los seis años: En esta etapa, y dependiendo de su madurez personal, algunos niños pueden seguir pensando que están hospitalizados o sufren dolor porque se han portado mal. Además de desmentírselo, progresivamente los padres deberán irle explicando algunas cosas de la enfermedad, sin crearle falsas expectativas. Es importante que el niño sepa que se enfrenta a una enfermedad crónica, pero no conviene trasladarle más información de la que pueda asimilar.

De los siete a los nueve años: El niño ya es mucho más consciente de lo que supone vivir con una enfermedad. Posiblemente no valore los riesgos futuros, pero puede mostrar cierta tranquilidad en un momento en el que los padres pueden verse desbordados ante la noticia. Lo más probable es que muestre mucho interés por las novedades que llegan a su vida, como la administración de insulina. Es una buena oportunidad para reforzar la importancia de la responsabilidad en el autocuidado.
De los nueve a los doce años: El niño se asoma a la preadolescencia, un momento en que el control de la diabetes es más complejo debido a los cambios hormonales propios de la edad. Si la enfermedad debuta en este periodo, es fundamental que el niño sienta el respaldo de los padres y la seguridad de que va a poder controlar la situación. Si en todas las etapas es importante que los progenitores muestren serenidad ante el pequeño, en esta lo es mucho más.

Para minimizar el impacto del diagnóstico de la diabetes en el niño es importante que se le siga tratando como antes, sin dramatizar la situación y evitando que sea consciente de la ansiedad que pudiera provocar la enfermedad en los padres. El niño ha de ser mucho más que su diabetes, tanto por él como por el resto de sus hermanos (si los tuviera), que pueden sentirse desplazados con una excesiva atención y preocupación por parte de los progenitores.

Tras el diagnóstico debe volverse a la vida normal en cuanto sea posible. Además, es importante permitir que el niño pueda expresar con libertad sus sentimientos, inquietudes y dudas con respecto a la enfermedad, y fomentar su independencia para que sea capaz por sí mismo de llevar a cabo los cuidados que precisa.