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Autor: Redacción Onmeda
Los huesos del esqueleto humano presentan la siguiente estructura desde fuera hacia dentro: el borde externo del hueso está rodeado por el periostio. Le sigue la sustancia ósea con la sustancia cortical externa. Ésta conforma la zona exterior fija del hueso. Siguiendo hacia dentro en la anatomía del hueso, a continuación aparece el tejido óseo (sustancia esponjosa).
En el esqueleto, el tejido óseo consta de muchas trabéculas óseas pequeñas que lo conforman de modo comparable a un armazón esponjoso. El tejido óseo junto con los dientes constituye la parte más dura del cuerpo, con una resistencia a la extensión de 10 kilogramos por milímetro cuadrado y una resistencia a la presión de 15 kilogramos por milímetro cuadrado. En el momento del nacimiento las cavidades que hay entre las trabéculas del tejido óseo están rellenas únicamente de médula ósea roja hematopoyética. A lo largo de la vida la médula ósea roja hematopoyética se va sustituyendo poco a poco por la denominada médula grasa amarilla. La médula ósea roja hematopoyética solo permanece en unos pocos huesos del esqueleto.
Entre estos huesos se cuentan, por ejemplo, las costillas, el esternón, los cuerpos vertebrales, los huesos del carpo y el tarso, los huesos craneales planos y la cresta del ilion, que es uno de los huesos de la pelvis. Entre otras cosas, los distintos huesos del esqueleto actúan como un armazón estabilizador cuya función es resistir las fuerzas de efecto mecánico. Según su función y región dentro del esqueleto, los huesos presentan una estructura distinta y varían en cuanto a estabilidad. A este respecto, la resistencia de los huesos humanos depende esencialmente de tres factores:
La exigencia de estabilidad óptima en el esqueleto humano se contradice a primera vista con la gran cantidad de material óseo que sería necesario para que el hueso fuese extremadamente estable. El cuerpo humano soluciona este problema formando determinadas estructuras óseas externas e internas para el esqueleto que crean una estabilidad comparable con poca cantidad de material. Los denominados huesos tubulares, entre los que figuran el fémur o la tibia, son ejemplos de este tipo de estructura del esqueleto que ahorra material y, sin embargo, es estable. El interior del hueso tubular se compone de la cavidad medular, que está formada por una red de tejido óseo. Las cavidades que se forman están llenas de médula ósea. Debido a esta estructura, estos son tan estables como los huesos compactos a pesar de sus cavidades y dotan de estabilidad al esqueleto. Si bien el diámetro de los huesos se agranda aproximadamente un 10%, en contrapartida estos ahorran un 40% de material óseo gracias a su forma y estructura. La red de tejido óseo constituye unos tres tercios del hueso tubular.
No obstante, la estabilidad de los huesos no es la misma a lo largo de toda la vida. Ésta aumenta de forma continua hasta los cuarenta años. Después la masa ósea del esqueleto y los huesos se reduce entre un 0,5 y un 1% por ciento anual. Esta pérdida de masa ósea favorece la aparición de la osteoporosis (atrofia ósea), que limita poco a poco la estructura y el funcionamiento de los huesos y el esqueleto.
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